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Yanett Rodríguez, el hada de los canes

Yanett Rodríguez, el hada de los canes

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“Mientras más conozco al hombre, más amo a los perros”. Con este populoso dicho comenzó la entrevista Yanett Rodríguez Abreu; una carismática y versátil sanpedreña que a punta de constancia, amor y guáramo ha sacado adelante tanto a su familia como a los perritos y gatitos sin dueño que andan deambulando por las calles de nuestra ciudad, en especial de su terruño, San Pedro de los Altos.

Confesó que desde muy niña siente un gran apego por todos los animales, pero particularmente por aquellos que se encuentran en situación de calle. “Eso lo aprendí de mi abuela materna María Avelina, quien además me enseñó el verdadero valor del trabajo honrado”. Precisamente por esa acertada orientación Yanett lucha por lo que quiere de manera independiente y aferrada siempre al respeto, la disciplina y esas ganas de echar pa’ lante que caracteriza a las mujeres venezolanas.

“Nací en el antiguo Centro Médico de Los Teques, pero mi crianza hasta el sol de hoy ha sido en mi amado pueblo de San Pedro, actualmente resido en la calle El Calvario. Estudié en el colegio Juan de Dios Guanche y luego en el liceo Creación de San Pedro, allí cursé hasta tercer año de bachillerato porque me dediqué a trabajar, gracias a todo lo que aprendí en la bodeguita La Coromoto, donde de la mano de mi abuela conocí la verdadera importancia de las ocupaciones laborales”.

Despachar clientes, organizar la mercancía y hasta entenderse con los proveedores eran parte del día a día de Yanett, que a los 13 años de edad aprendió a manejar un vehículo para poder hacer entrega a domicilio de las listas de mercado que encomendaban en la bodega varias familias de su comunidad. “Estoy convencida de que no fue ni es el amor al dinero lo que me mueve, sino las ganas de salir adelante por cuenta propia, siendo siempre lo más independiente posible”. En pocas palabras, le tocó restearse desde pequeña.

“Me caracterizo por tener un carácter fuerte, pero es porque soy de las mujeres que no se dejan montar la pata fácilmente, eso me ha traído desavenencias pero también satisfacciones. A los 17 años me casé, trabajé como secretaria por algún tiempo, pero luego me devolví a la bodega porque no me gustan las ataduras, estuve ahí hasta hace doce años; pienso que ser mi propio jefe es lo mejor y con ese norte por cuestiones del destino comencé a taxear”.

Aprovechando sus dones

Señaló que no fue fácil, por su condición de mujer, y cuando intentó por primera vez ingresar a la principal línea de taxi de la localidad fue rechazada. Aún así no se dio por vencida y seis meses después lo volvió a intentar, pero con mejores resultados. “Tuve la oportunidad y me pusieron a prueba por tres meses, que se convirtieron en siete años dentro de esa unión de conductores”.

Aseguró que hacer dinero mientras conocía gente, conocía a Venezuela a través de los viajes y hasta se hacía  dueña de su propio vehículo, ese que alguna vez fue del presidente de la línea de taxis pero que luego él le vendió en pagos por partes, está entre las mejores cosas que dedicarse a ser taxista le ha dejado.

“Tras ese período de tiempo emigré a la línea de taxi El Pueblo, que está en la segunda plaza, duré tres años y actualmente trabajo para la que lleva por nombre San Pedro. No escapo de la situación país y tengo el carro varado desde hace 15 días porque se explotó un caucho. Pero como soy una mujer que resuelve como sea, aprovecho mis dones y como me gusta muchísimo la cocina, me he reinventando elaborando golfeados y cinarrolls para hacer frente y poder guapear con mis dos hijos Kevin y Leovelis, así como con mis peluditos, esos perritos y gatitos que dependen de mi”.

Los hijos adoptivos

Durante la entrevista, cualquier cantidad de perritos se acercaban a esta simpática mujer, para degustar su buena dosis diaria de perrarina y expresarle con su tierna mirada y el infaltable meneo de sus colas un muy sincero agradecimiento por el amor que ella les brinda.

Vale mencionar que todos y cada uno de esos canes tienen un nombre y una conmovedora historia que porsupuesto Yanett conoce a fondo o protagonizó, ella rememoró que cuando era niña y le preguntaban que sería de grande, aseguraba que sería veterinaria, casi no se equivocó.

“Los animales sienten y padecen tanto o más que un humano, merecen respeto porque incluso suelen ser más agradecidos que uno mismo. Así como los alimento y les doy cariño sincero, me he puesto a cuidarlos o hasta curarles cualquier herida física que presenten; hay gente muy mala que les gusta hacerles daño y con esos hasta me guindo a pelear porque detesto las injusticias, yo no quisiera estar en sus zapatos cuando ese boomerang de maldad se les devuelva. Por eso mi talón de Aquiles son los callejeros, porque son los que más necesitan, me siento feliz de que mis hijos han heredado esta vena de amor por los animalitos”.

Señaló que aunque no es tarea fácil, se mueve por autogestión, y que cuando las cosas se les escapan de las manos, económicamente hablando, acude a las redes sociales para solicitar ayuda en pro de salvar la vida de algún animalito que esté pasando por un momento crítico de salud.

“Afortunadamente existe gente buena que colabora de manera desinteresada, eso es bonito, estoy convencida de que Dios obra a través de ellos y me ayuda a ayudar”. Explicó que no le gusta que le den dinero porque eso genera problemas, prefiere medicinas o comida y enfatizó que no hay nada más sabroso que verlos sanos por la calle, seguros de que tienen una mano amiga, después que estuvieron padeciendo y sin ayuda. “Yo no le pido a Dios riquezas, sino que me conceda una finca bien grandota para albergarlos e irlos dando en adopción. Tenemos que dejar el egoísmo y aprender a dar sin recibir nada a cambio”./lb

 

 

 

 

 

 

 

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