Por: Pedro Vicente Rodríguez Calderón
Educador, Comunicador y Político
Muchos cristianos, sólo creen en la justicia divina y en la paz de los sepulcros. Otros seres de fe, seguimos apostando a creer en alcanzar la justicia y la paz terrenal. Así nos debatimos en los dilemas para reconciliarnos, para soportarnos y respetarnos con nuestras diferencias y nuestros puntos de encuentro, con nuestros egos y arrogancias o nuestra sencillez y humildad. En fin, sabemos que no parece fácil lograr encontrarnos colocando lo que nos une y hace comunes por encima de lo que nos separa y aleja.
Sin embargo, los momentos históricos siempre se encargan de sacudirnos y mirarnos introspectivamente para reflexionar sobre la importancia de la vida compartida en colectivos humanos, para que no nos matemos unos a otros y podamos generar modos y normas de convivencia armónicas y pacíficas, que nos ayuden a crecer y desarrollarnos juntas y juntos.
El Mundo, en general, está extremadamente convulsionado con quienes creen estar por encima del bien y el mal, arrasando con territorios y vidas humanas, sin reparar en las consecuencias irreversibles de sus actos genocidas. Venezuela, durante las últimas tres décadas, se ha convertido en una luz y en un referente para el devenir de la humanidad. Tenemos la altísima responsabilidad histórica de seguir siendo ese ejemplo, para aportar a la paz mundial y la permanencia de la vida en el planeta.
La Paz es el camino y esta no existe sin justicia. Pero, la justicia no solo es la de los hombres y mujeres desde sus creencias particulares y sus verdades relativas. La justicia también se expresa cuando las mayorías tienen acceso a los derechos humanos fundamentales, a condiciones que permitan mejor calidad de vida y a vivir con Dignidad. La Paz y la Justicia, no sólo son normas jurídicas, es fundamentalmente acuerdos políticos para la convivencia en la diversidad.
“Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor”. Antoine de Saint-Exupéry








