El asesinato de una estudiante del liceo Miranda que sacudió a los Altos Mirandinos en el año 1.994
RONALD PEÑARANDA
El martes 25 de enero de 1.994, un proyectil “envenenado” disparado con una escopeta, mató a Yessika Díaz, una adolescente de 16 años, estudiante de quinto año de bachillerato del liceo Francisco de Miranda, que lideraba una protesta en las instalaciones del plantel ubicado en la avenida Bolívar de Los Teques.
El asesinato sacudió a la capital mirandina y desencadenó una ola de violencia que se extendió por varias semanas. Hubo saqueos en La Hoyada, concretamente en el Centro Comercial Paseo Mirandino, El Cabotaje, la Bermúdez, la Miquilén y la Bolívar.
Quemaron varios autobuses, dos vehículos de la Cantv, intentaron atacar las sedes de la Gobernación de Miranda y la Alcaldía de Guaicaipuro.
Se presentaron actos vandálicos en el sector La Estrella y para rematar ese mismo día se registró un motín en el Internado Judicial conocido como el Retén, con un saldo de siete reclusos heridos. En otras palabras la ciudad ardió por los cuatro costados.
El suceso acaparó titulares hasta en la prensa nacional, que en esos días estaba ocupada con la intervención del Banco Latino, el descalabro financiero de la década de los 90, que dejó a centenares de ahorristas practicamente arruinados.
De aquellos convulsionados tiempos ya han pasado 25 años. Avance, contactó a Francisco Díaz, padre de la víctima, para saber que pasó después, hasta dónde avanzaron las investigaciones y si finalmente se esclareció el crimen.
La semana pasada, exactamente el jueves 21 de marzo, concedió esta entrevista y justamente ese día Yessika, estaría cumpliendo 41 años de vida. La cita era a las 11:00 am y llegó puntual.
Entró a la oficina de la Dirección de este medio de comunicación y de inmediato se percató de que encima del escritorio estaba un archivo del diario donde saltaba a la vista el ejemplar en el que se reseñó la muerte de la liceísta.
Se sienta en la silla, pero no deja de mirar el libro empastado que contiene hojas amarillentas, que no por eso pierde su valor informativo. No puede ocultar que lo que tiene frente a sus ojos le hace revivir los dolorosos y angustiosos momentos que vivió él y su familia.
“Muerta estudiante del Miranda”, fue el titular a seis columnas que publicamos en la contraportada del periódico. La noticia fue ilustrada con cuatro fotos. En la imagen más grande se ve el cuerpo sin vida de la joven tirado en la azotea del Miranda, a su lado un par de compañeros de ella que cubrían sus rostros con franelas y lloraban desconsolados.
Más abajo se visualiza otra gráfica, más pequeña, donde está Francisco más joven (sin canas como las que luce hoy) abrazando a su esposa. “Mi hija no murió por el impacto de una bomba lacrimógena, oportunamente les daré más detalles, porque me pidieron un poco de cordura. Pero insisto mi Yesika fue asesinada”, declaró en ese instante, lleno de rabia e impotencia.
“El policía que mató a mi chama, era un bandido. Ese tipo hasta vendía droga. Todo el mundo sabía eso”, afirma con contundencia al hacer referencia al Cabo de la entonces Policía del Estado Miranda (PEM) José Miguel Colón, quien fue sentenciado a 12 años de prisión por el asesinato.
Desde que ocurrió el hecho, la PTJ, lo que hoy es el Cicpc, manejó la hipótesis de que el uniformado indiciado había utilizado un cartucho preparado con plomos o “guaimaros”.
En cambio él siempre tuvo lo certeza de que no fue un “guaimaro” que impactó en su cabeza. Insistentemente contradecía las versiones que daban las autoridades y los patólogos que practicaron los exámenes.
“El doctor Boris Bossio que fue el que hizo el análisis me enseñó un plomo, yo le refuté, pero después le dije, bueno ustedes son los que saben de esas cosas, pero a mi no me parece. Nunca tuve duda de que fue un proyectil de escopeta lanzado desde La Estrella, había una distancia muy larga”.
Señala que el doctor Fabián Chacón, que en aquella época cobró notoriedad por haber defendido a los sobrevivientes de la masacre de El Amparo ocurrida en 1.988, fue el abogado designado para su familia.
El profesional del derecho propuso llevar el cráneo a Holanda para someterlo a una serie de estudios, “esa idea no me gustó mucho, pero finalmente no se hizo”.
Durante la averiguación surgieron muchos supuestos, uno de ellos de que el asesino no había sido el Cabo Colón, “sino su compadre Miguel Cuevas Pirela, también agente de la PEM que hasta hace poco estuvo en Policarrizal”.
Del verdugo de Yessika solo supo que estuvo recluido en el retén de Catia y otro penal. Al recobrar la libertad trabajó en el área de seguridad en Empresas Polar “y me dicen que lo mataron, pero no sé si eso es verdad”.
Califica de débil la condena. “Ese delincuente se merecía la pena máxima, 30 años de cárcel”.
El fatídico día
Yessika Díaz, nació en Los Teques, el 21 de marzo de 1977. Ese día cayó jueves, pero su papá la conoció, dos días después, es decir el sábado, porque de lunes a viernes trabajaba en una empresa de electricidad en Tucupido (Guárico) y compartía con su familia los fines de semana. “Era una niña hermosa”.
Cuando se le preguntó por qué aquel fatídico día del 94 protestaba ella y sus compañeros respondió: “por el deterioro del plantel, por el aumento del pasaje”.
Sin embargo otros alumnos que participaron en esa manifestación declararon que tomaron las calles por el alto costo de la vida, la implementación del IVA y el no esclarecimiento de la muerte de otro estudiante, Darwin Morales, ocurrida un año antes, o sea en el 93.
Horas antes del deceso a eso de las 6:30 am, la joven entra al cuarto de sus padres empieza a cortarse el cabello ella misma. Se arreglaba y se veía en el espejo.
Entonces él le dijo: “Yessika mosca, me dicen que hoy va haber disturbios, mucho cuidado con meterte en problemas porque te tengo listo el cupo para la universidad. Ella me respondió que me quedara tranquilo”.
“En ese momento yo era miembro del Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y sabía que iba a haber protestas, de allí la advertencia que le hice”.
También ese mismo día, el progenitor empezaría hacer los trámites para su ingreso a la Universidad de Oriente (UDO), porque su anhelo era estudiar Ingeniería Petrolera.
Gracias a una palanca con unos amigos, el inicio de su carrera profesional era casi un hecho. Tenían previsto que se radicara en Maturín (Monagas), donde le conseguirían una residencia estudiantil. Ella alcanzó a darle la original de la cédula de identidad para iniciar las gestiones, documento que guarda como un tesoro.
Francisco, Yessika y su hermana menor Emily, quien estudiaba en la Escuela Técnica Roque Pinto, tenían la costumbre todos los mediodías de encontrarse en la casa ubicada en La Línea de El Vigía. Calentaban los almuerzos que les dejaba preparados su mamá, que también trabajaba y luego retomaban sus rutinas.
Pero ese 25-E Díaz, salió de la empresa donde trabajaba, la embotelladora Golden Cup en la calle Roscio, se dirigió a su vivienda, pero no encontró a nadie. Le pareció raro, almorzó y se regresó a la fábrica.
En la puerta de la compañía, se detuvo a hablar con unos compañeros, de repente se presentó un hermano suyo y la enfermera de la fábrica, éste última le dice: “Hay una cuestión rara en el Miranda con un hija tuya. Me pongo nervioso y me voy para el liceo”.
Cuando llegó al colegio unos chamos lo abordan y le comunican: “Yessika murió, le dieron un tiro en la cabeza. Está allá arriba en la azotea”.
Sintió que el mundo se le vino encima. Se le acercó y en efecto estaba tirada en el piso. “La ví con los sesos afuera, fue algo horrible”.
El nerviosismo y la desesperación se apoderaron de su cuerpo. Caminó hasta la orilla de la platabanda, “no sabía que hacer, pensé hasta lanzarme al vacío”.
Sueños truncados
“Toda esa pesadilla fue hace 25 años, pero para mi pareciera que fue ayer”, suelta el hombre de esencia revolucionaria, que hoy día es el secretario de Organización del sindicato que agrupa a los trabajadores de la Alcaldía de Guaicaipuro.
Al preguntarle que significó Yessika para toda la familia Díaz, se queda en silencio, mira el techo, intenta hablar, pero se le quiebra la voz. Pide disculpas por la breve pausa, se quita los lentes para sacarse las lágrimas que se le escaparon, respira profundo, agarra fuerza y contesta: “Era todo para nosotros”.
“No es porque fuese mi hija pero era una chica muy inteligente, solidaria y muy humana. Imaginate que en diciembre era ella la que me ayudaba a pintar la casa”.
A su corta edad ya era miembro de Bandera Roja, antes estuvo en la Unión de Jóvenes Revolucionarios.
Le pregunto ¿si estuviera viva a dónde habría llegado. Cómo la visualizas?. Vuelve a quebrarse, cierra los ojos y enseguida responde: “Hubiese sido una gran ingeniera, es más en el 2002 cuando el paro petrolero yo veía a mi muchacha fajada luchando por nuestra industria”.
Cree que también hubiese incursionado en el mundo de la política, pues tenía madera para eso. “Desde pequeña le gustó ayudar a los demás. Una vez le llevé a un acto en el Nuevo Circo en Caracas donde se presentó Alí Primera. En otra oportunidad me acompañó a una marcha desde Catia hasta Petare, la llevaba encaramada en mis hombros”.
Confiesa que este lamentable capítulo generó un fuerte impacto emocional en su hogar. “Quedamos devastados. Hubo situaciones familiares terribles. Mi esposa me decía que como yo era revolucionario era el culpable de su muerte”.
Comenta que recientemente recibió una comunicación de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, porque el caso llegó hasta esa instancia, en la que le plantean una solicitud de indemnización del Estado, “pero yo me negué porque ya nada ni nadie podrá devolvermela”.