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La motivación de Jairo está en los abuelitos

jairo caro - cardioescultor

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Contribuir con la salud es su mayor satisfacción

Un chico normal. Así es Jairo Caro, un joven emprendedor que le ha dado un giro impresionante a la vida de muchas personas, incluida la suya. Pero detrás de su indetenible éxito, existe una historia de vida que bien vale la pena destacar, porque aparte de convertirse en un ejemplo de superación para muchos, ha brindado un enfoque muy interesante a la actividad del entrenamiento físico.

Nacido en Los Teques, criado buena parte de su infancia y juventud en Cagua, relató que su infancia fue muy normal y tranquila, aunque siempre tuvo iniciativa propia para conocer el valor del trabajo.

“Viví cerca de la manga de coleo que está en El Paso, cuando cumplí ocho años mis padres se separaron y me fui a vivir con mi madre para Aragua; por ser el hermano mayor y como todos éramos varones tuve un grado de responsabilidad muy grande y eso me llevó a madurar mucho más rápido”.

Explicó que siempre venía a pasar los fines de semana donde su padre y disfrutaba de ayudarle en el puestito que tenía en el mercado municipal. “A mi no me gustaba que me pagara porque yo lo hacía para ayudarle, pero siempre me daba algún dinero para que comprendiera el valor del esfuerzo.

Mi madre también tenía un puesto aparte y ella siempre ayudaba a los abuelitos que se le acercaban, les regalaba, feliz de la vida, frutas o verduras; yo crecí viendo ese ejemplo y de manera natural lo adopté en mí”.

“Cuando estaba en segundo grado se nos dio la mudanza y estudié hasta el bachillerato en Cagua. Siempre quise volver a Los Teques, pero mi madre no me permitía mudarme hasta tanto no culminara mis estudios, una vez que lo hice, el propio día de la graduación me vine con mi papá”.

Al llegar a la ciudad del clima ideal, probó suerte en varias universidades por distintas carreras en busca de profesionalizarse, pero con ninguna encontró identificarse; así que se dedicó a trabajar para financiar sus estudios de Arquitectura en la Universidad Santa María.

“Tras mucho esfuerzo logré reunir un dinero y adquirir mi propio local, con eso pude empezar a estudiar y avancé muchísimo; pero me llegó una encrucijada: o me dedicaba a trabajar para seguir costeando la carrera o la abandonaba, por tanto me decidí por mi negocio”.

Experiencia aleccionadora

Pero sin saberlo, Jairo estaba incurriendo en un gran error, el agitado ritmo de vida que llevaba con la responsabilidad de sacar adelante diez locales para venta al detal y uno que alquiló para mayorista, administrar personal, el poco descanso y la mala, además, de excesiva alimentación, fueron desmejorando la calidad de vida del muchacho, quien con tan solo 25 años llegó a pesar 160 kilos.

“Comencé a sufrir de la espalda, tenía constantes dolores de cabeza, la gastritis me cargaba loco y de paso por cuenta de mi exagerada masa muscular no podía ni caminar; eso me llevó a dos episodios fuertes en mi vida: dejé de trabajar, por ende me fui a la quiebra y encima perdí al amor de mi vida, con quien tenía planes de matrimonio, me dejó porque a su juicio yo no me quería, porque me permití mucho desorden sin medir consecuencias”.

La crisis económica que enfrentaba, aunado a la cantidad de deudas que le generó la quiebra y encima enfrentar un severo fracaso sentimental lo llevaron a un estado de depresión de tal magnitud, que hasta pensó en quitarse la vida.

“Fue muy fuerte para mi, pero de pronto caí en cuenta en que si volvía a tener un peso normal reconquistaría a mi ex, así que por ella comencé a entrenar, a medida que iba notando que me sentía mejor y hasta mis dolencias desaparecían decidí avanzar, pero por mi, así que perdí 60 kilos en seis meses”.

Bienestar colectivo

Cuando la gente que le rodeaba se percató del cambio tan drástico que experimentó Jairo, a nivel estético y emocional, comenzaron a preguntarle cómo lo había logrado, “compartía mi experiencia con ellos y me sugirieron que les diera clases, desde los conocimientos que adquirí”.

Accedió a la propuesta y comenzó con cinco alumnos en el patio de su casa, con un minicomponente, más adelante se mudó a un espacio en la urbanización La Quinta, luego a la Vuelta del Paraíso, después a la calle Ribas y finalmente se instaló en las inmediaciones de la calle Guaicaipuro.

“Al principio enseñaba ad honorem, me llenaba enormemente brindarle bienestar a los demás, con ejercicios funcionales. Después mis alumnos sugirieron que me cambiara de lugar, porque se estaba haciendo pequeño en el que estaba, debía recoger una colaboración muy módica entre ellos”.

“Les tomé la palabra y así fui progresando, pero siempre tuve una premisa: aquello que había aprendido de mi madre cuando estaba niño, lo mantenía vigente cada día de mi vida, así que a las personas de la tercera edad nunca les solicité colaboración económica alguna”.

El cielo ganado

Este sigue siendo su norte, aún cuando se ha labrado una exitosa trayectoria con su programa de entrenamiento denominado Cardioescultor, tiene un espacio dedicado a las personas mayores, donde, de la mano con Yadira Rodríguez, lleva adelante el CardioStars.

“No es más que ayudar a los abuelos, entre 60 y 75 años de edad, a tener una mejor calidad de vida, sin que eso les cueste más que la voluntad de querer hacerlo; les ofrecemos, una vez por semana, dos horas al día, aerobic, baile y yoga; lo disfrutan maravillosamente y allí radica mi mayor satisfacción porque ellos han hecho mucho por nosotros, ahora nos toca retribuirles de corazón y me siento bien, viéndolos felices”.

Al consultarle a sus alumnos de CardioStar lo que significa para ellos la experiencia que les brindaba Jairo junto a su equipo de trabajo, todos coincidieron en que se trataba de una bendición. “No todo el mundo se acuerda de nosotros los abuelos, se necesita ser muy espiritual para pensar en las otras personas, este muchacho lo hace de una manera extraordinaria, nos hace sentir bien, queridos, sanos, activos; tiene el cielo asegurado”./Maribel Sánchez/no/Foto: William Sánchez/

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