Carmen La Riva, comunicadora social egresada de la Universidad Santa María, a pesar que su primera opción al salir del liceo era estudiar psicología, “presenté en ambas carreras, quedé en comunicación, siempre trabajé en el periodismo institucional, pero siempre he sido una persona que me gusta crear”.
Sus primeros pasos como emprendedora, lo hizo paralelamente con el ejercicio de su profesión. “Siempre, en todos mis trabajos me relacionaba con el tema de la comida, a la gente le gustaba lo que yo cocinaba, comencé hacer almuerzos sin querer y luego me encargaban tortas, así fueron mis primeros pasos”.
Confiesa que nunca se atrevió en hacer su propio negocio y vivir de sus ingresos de manera independiente.
“Estaba cómoda con mi quince y mi último, con el seguro, las utilidades, pero no me quejo, con los ingresos de la administración pública logré comprar mi carro y mi apartamento, pero llegó un momento en que me sentí incómoda. El país estaba en crisis, los sueldos no alcanzaban, ya lo seguros no valían la pena, trabajar ocho horas en una oficina me parecía ilógico e inviable para ganar un salario que no me alcanzaba. Me sentí muy infeliz”, aseguró
En el 2016 tomó la decisión, comenzó a ofrecer sus productos a sus vecinos, a tomar más confianza. “Un 25 de abril, día mi cumpleaños, llevé a mi hijo al colegio y acudí a la oficina. Pregunté qué pautas hay, salí y volví con mi renuncia, me di ese regalo, ese día volví a nacer”.
En una semana, tras superar “el guayabo laboral, después de llorar porque los cambios pegan”, se puso de pie y comenzó a ofrecer sus productos.
Comencé con tres kilos de harina
“Empecé a ofrecer pasapalos, pastelitos andinos y tequeños, fui creciendo. Comencé comprando dos y tres kilos de harina de poquito en poquito. Vendí cosas que no necesitaba, amasaba con las manos. Inicié haciendo tortas y almuerzos por encargos en las instituciones públicas”, expresó.
La crisis de 2018 se convirtió en una oportunidad, con la desaparición de la harina de maíz consiguió una opción para capitalizar dinero.
“Mi esposo viajaba al Llano y me traía lo sacos de maíz trillado que sancochaba, me compré un molino, y comencé a vender la gente hacía cola. Con ese dinero terminé de hacer la cocina y los closets”, detalló.
Impulso por la pandemia
La medida de confinamiento por la pandemia abrió otro abanico de oportunidades, porque las personas no podían salir a comprar pan y dulces por la restricción.
“Hacía el pan para mi casa y empecé poco a poco, comencé hacer pan canilla y francés, entonces, pude comprar más harinas, mensualmente compro de tres a cuatro sacos de 45 kilos. En pandemia perfeccioné toda la técnica de pan, mi conocimiento es empírico y me certifiqué en el Inces como panadera”.
Su avance como panadera ha sido vertiginoso y exitoso, pues hoy cuenta con una compañía anónima denominada Comercializadora de Alimentos CJ y con una Unidad de Producción Familia (UPF) marca Alimentos Los Solareños.
Sin financiamiento
No cuenta con financiamiento del Estado, a pesar de cumplir con los requisitos.
“Intenté muchas veces en buscar un financiamiento. Fui al Bicentenario, fui al banco de Venezuela, llevé 800 mil carpetas, también acudí a la Gobernación de Miranda, pero no obtuve respuesta, solita pude registrar mi empresa”.
El negocio sigue creciendo. “Estuve todo el año ahorrando, hasta noviembre del 2022 todo lo hacía a mano, estuve todo el año ahorrando, pedí prestado a mi mamá y pude comprarle fiado a una tía un horno cinco cámaras. De un solo golpe horneo más rápido, tengo tiempo de ir al gimnasio y llevar a mi hijo a natación”.
Afirmó sentirse muy bien, “pero voy por más”, su próxima meta es mudarse y dejar su casa solo para la panadería.
“Estoy bien, mi mensaje es se atrevan, la vida es muy corta y hay que hacer cosas que te hagan feliz. Mi negocio me hace feliz haciendo lo que hago, el mundo mejoraría mucho, si todos hacen lo que le gusta, para quienes deseen seguirme y hacer sus encargo de pasapalos y tortas pueden escribirme en cuenta de Instagram @alimentos_solarenos ”, finalizó./MD/rp