El título de este trabajo lo he tomado del excelente libro “Los días de Cipriano Castro”, escrito por la brillante pluma de Mariano Picón Salas, donde en una de sus páginas señala, en relación a la huída de integrantes de las montoneras que azolaron al país, que a las mismas las derrotaría “El general paludismo”, fiebre trasmitida por la picada de un implacable zancudo.
Por cierto, el paludismo, al lado de otras epidemias, actuó, sin detenerse en ningún tipo de terreno, casas, ranchos, hatos, haciendas, vegas, conucos.
Los integrantes de las montoneras del general paludismo, los constituían enjambres de zancudos que, sin contemplaciones se llevaban por delante a todos los que encontraban a su paso, léase hombres, mujeres, niños y, sin recibir condecoración, daban batallas en los lugares más inhóspitos y en los más confortables.
Se conoce que el general paludismo, batalló durante la conquista, la colonización, independencia, en la república y, en los días trágicos de los caudillos.
La muerte rondaba por todas partes
Al lado del paludismo se movieron, en los escenarios de las epidemias que atacaron inclementemente el cuerpo de Venezuela, otros, componentes, armados con sus tremendas capacidades de exterminio, tan dañinos como el general paludismo, conocidos con los nombres, pronunciados con temor por los que los conocían, de lepra, fiebre amarilla, peste, tosferina, fiebre tifoidea, sarampión, difteria, viruela.
Sus ataques, con su herencia de muertes, eran inclementes. No existían las herramientas necesarias para vencerlos.
Las familias apelaban a oraciones, ensalmos, plegarias, santos patrones, entre otras cosas del mundo de las creencias.
Se hacían procesiones, promesas. No olvidar cómo atacaban la bilharziasis, la anquilostomiasis, integrantes también de las huestes encargadas de aniquilar a la población.
El cuadro era desolador. Otro de esos representantes de la muerte fue la viruela, la cual se paseo con su uniforme negro, condecorado con pulidas calaveras, a lo largo y ancho del país.
Los brotes de las epidemias encontraron terreno fértil en todo el territorio venezolano.
Intensa campaña de exterminio
La cosa era tan brava que, de acuerdo a los informes sanitarios, para el siglo XIX la viruela va a ser derrotado después de la muerte de otro general, Juan Vicente Gómez, cuando médicos sanitaristas, comandados entre otros por el doctor Arnoldo Gabaldón, empuñaron las mangueras de fumigación.
En ese momento iniciaron una intensa campaña rociando a los hogares, rurales y urbanos, con lo que se conoce como D.D.T. hasta lograr derrotar al agente trasmisor del paludismo.
Fue una acción heroica. La magna gesta contra el paludismo escenificada en Venezuela, recibió el reconocimiento de organismos internacionales y sirvió de ejemplo para ser aplicada en otras naciones.
Venezuela, a través de sus hombres de ciencias, logró colocarse a la cabeza de los países de mayor proyección en la lucha contra las epidemias que mermaban su población.
La creación del Servicio de Malariología, constituyó el centro de operaciones para aplastar al general paludismo.
Fácil pasto de las epidemias
No olvidar que Venezuela durante la Colonia hasta muy entrado el siglo XX, era un territorio pobre, olvidado, donde la escasez reinaba a lo largo y ancho de su geografía, por lo tanto pasto fácil de todo tipo de epidemias.
Enfermedades como la tosferina, fiebre amarilla, peste bubónica, vómito negro, cólera, al lado de la desnutrición, contribuyeron, conjuntamente con las guerras, a la disminución de la población.
Al final de la gesta de independencia, Venezuela era un país despoblado. Los médicos brillaban por su ausencia, por lo que las familias debían recurrir a yerbateros, todos analfabetos, quienes recomendaban ensalmos, infusiones a base de hojas, raíces y tallos de plantas, de las conocidas como medicinales, para todo tipo de padecimientos.
En manos de estos señores, algunos con maracas en las manos y tabaco en la boca, estuvo, por muchos años, la vida de los habitantes de lugares perdidos en el interior del país y de zonas pobladas.
Hubo que esperar la muerte del caudillo Juan Vicente Gómez, para que, tímidamente, Eleazar López Contreras, a partir de 1936, implementara políticas sanitarias que permitieran combatir al general paludismo y a sus seguidores.
El reto asumido por los sanitaristas no fue nada fácil. Gracias a lo que ellos cumplieron, verdadera revolución en ese campo, se logra, al lado de otras acciones de higiene, prolongarles la vida a los venezolanos.
Atacaba implacablemente
Les dejaré a continuación lo que se entiende por paludismo, definición que tomamos del trabajo “Imagen y huella de Arnoldo Gabaldón”, escrito por el poeta Carlos Gottberg, hijo adoptivo de Los Teques, donde se lee: “…paludismo proviene del italiano palude que significa pantano”. También malaria nos llega del italiano, y se usa para identificar aire malo.
La fiebre palúdica, tan dañina como el caudillismo, atacó sin compasión al venezolano, dejando por donde pasaba, casas muertas, como escribiera Miguel Otero Silva. Los trabajos antimaláricos en Venezuela, gracias a la capacidad de trabajo del doctor Arnoldo Gabaldón, se convirtieron en punto de referencia para otras naciones.
La Organización Mundial de la Salud en su momento, reconoció el trabajo titánico de erradicación de la malaria en Venezuela. El paludismo y su homónimo la malaria, con su ejércitos de zancudos, venía atacando a los venezolanos desde los lejanos días de la Colonia y, habría que esperar la aparición de los malariólogos, muy entrado el siglo XX, para presenciar el combate contra todo lo que encerraba el paludismo.
Se creía firmemente que el general paludismo había sido aplastado definitivamente, pero nuevamente hace su aparición, encontrando al país sin el poderío del Servicio de Malariología, desde donde se trazaban las estrategias para darle combate a tan implacable enemigo.
En la obra “Los hechos de Zacarías”, del historiador Guillermo Morón, existe una página donde hace referencia al tema que aquí trato, al escribir, en relación a ese universo de enfermedades que se han metido en el cuerpo del país, lo siguiente: “…por eso Arenales no pasa de donde está en todo ese tiempal que tiene el pueblo porque el hambre, la anquilostomiasis y le paludismo son los peores coroneles de esta guerra que se llama la vida en este pueblo”.
Producto de estos males, al lado de otros, la mayoría de los niños se morían al nacer y la vida no pasaba de los treinta y, cuando mucho cuarenta años./JESÚS MARÍA SÁNCHEZ/