La estudiante de la UCV quedó atrapada en La Guaira durante los terremotos
Ana Berne (23), residente en Los Teques y estudiante de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV), forma parte del grupo de jóvenes que bajaron a La Guaira para participar en las fiestas de San Juan en Naiguatá, donde les tocó vivir el doblete sísmico.
Ese 24J, luego de disfrutar de los tambores y los bailes por segundo año consecutivo, el grupo, conformado por 60 estudiantes, decidió pasar un rato en la playa. Aproximadamente a las 5:40 de la tarde, se organizaron para emprender el viaje de regreso a Caracas.
“Salimos de la playa para darnos un baño. Hicimos nuestra fila para ingresar y quitarnos el agua salada, cuando mi amiga me dice: ‘Esta ducha está mala, no tiene llave, pero está goteando’. Se termina de arreglar y sale; justo cuando termino de ducharme, comienza el temblor. Entre que el piso se movía y yo estaba mojada, me resbalé, caí y me golpeé la cabeza”.
En ese momento, su amiga Helen Aguiar, al ver el accidente, intentó agarrarla, pero cayó de rodillas al tropezar con un muro. “Cuando logramos reponernos, salimos a la puerta esperando que el sismo pasara. Al salir vimos como las olas llegaron hasta donde estaban los toldos, un espacio considerablemente lejos, ya que la playa de Naiguatá no es profunda, aunque tiene un oleaje fuerte”.
“Al lograr llegar al autobús, el chofer se mostraba estresado y preocupado, repitiendo: “Necesito irme. Nos organizamos rápido, entramos a la unidad y arrancamos. Más adelante vimos muros caídos y personas abrazadas a quienes les había caído encima el techo de una parada de asbesto y cemento. También había carros con pérdida total por el colapso de las paredes, techos partidos y personas gritando nombres de familiares”.
Relata que tardaron dos horas en salir de Naiguatá, encontrando un panorama caótico al llegar al centro de La Guaira: múltiples edificios derrumbados, la calle fracturada en tres partes, incendios y autoridades desviando el tránsito hacia la montaña para sortear las colas, el fuego y los escombros.
Alrededor de las 9 de la noche, se encontraban en Caraballeda, presenció a personas atrapadas por las vigas de un edificio. Una compañera del grupo, médico socorrista, ayudó a salvar a un hombre llamado Álvaro Ruiz, quien lamentablemente falleció.
“Al salir a la avenida principal, la única manera de pasar era bajándonos con extrema precaución para no pisar cables o evitar que algún motorizado nos atropellara en su afán por avanzar. Tras esto, nos metimos nuevamente en una cola para superar un embudo vehicular, ya que contábamos con un solo canal que fluía muy lentamente”.
El terror de escuchar edificios derrumbándose
Al rememorar la experiencia, Ana destaca el horror acústico del desastre. “Era como escuchar un motor crujiendo mientras presenciabas el desplome. Vimos el mar oscuro e infinito porque no había ni una luz, ni siquiera la de la luna. Escucharlo tan agitado nos hizo pensar que podía ocurrir un tsunami”.
Al llegar a la altura del restaurante Cristal Mar, el tránsito comenzó a fluir. “Cuando alcanzamos la zona de los túneles, los teléfonos con línea Digitel empezaron a tener señal y enviamos mensajes a nuestros familiares para avisar que estábamos bien. Casi llegando a Catia, a las 12:42 de la madrugada del 25J, fue que cobró señal Movistar y logramos comunicarnos por completo”. Desde el momento en que se liberó el embotellamiento hasta la entrada Tamanaco de la UCV, en Plaza Venezuela, el trayecto tomó aproximadamente 40 minutos. Allí fueron recibidos por familiares y representantes de la comunidad estudiantil, quienes estuvieron atentos a su localización desde el primer instante.