Casi siempre, o cuando no le da por parecerse a Hollywood –que ocurre poco, por fortuna–, el cine francés va de adentro hacia adentro: de la interioridad de guionistas, directores y actores a la interioridad del espectador cautivo y cautivado. Sus películas sugieren, parafraseando a Jean-Luc Godard, diarios personales abiertos a la vista de todos. Confesiones públicas, gozos y dolores compartidos, una interpelación desde el arte a la realidad, por plausible o reprochable que ésta se muestre.
A partir del viernes 28 de este abril que se nos convirtió en una pausa necesaria para defender la libertad, regresa a la cartelera venezolana el Festival de Cine Francés, que en su edición número 31 reúne –¿cosas de cábala?– 13 títulos recientes que oscilan entre la comedia sarcástica y ese magnífico suspenso psicológico que es Elle (2016), la cinta de Paul Verhoeven que, ¡qué cosas!, parece haber descubierto para la Meca del Cine el talento que desde hace años viene regalando al mundo Isabelle Huppert.
La muestra, que podrá verse en los Cines Paseo, de Trasnocho Cultural; Líder 1 (Cines Unidos); Cinex San Ignacio VIP; Cinex Tolón VIP; Cinex Paseo El Hatillo VIP, y la Sala 3 del complejo Parque Costa Azul (Porlamar, Nueva Esparta), ofrece como plato fuerte a la ya citada Elle, inquietante obra sobre una indescifrable empresaria (Huppert) que, luego de ser violada, emprende una venganza que la aparta de su carácter de víctima para transformarla en implacable victimaria. Algo parecido a lo que le ocurre al protagonista de Un hombre decente (Emmanuel Finkier, 2016), Eddie, quien luego de ser agredido en la calle, encuentra en un chico de descendencia árabe a la persona perfecta para dirigir sus acusaciones… infundadas.
Y como el problema de esta maltrecha humanidad puede resumirse en la palabra intervención (que no divina, precisamente), sigue en la lista Los caballeros blancos (Joachim Lafosse, 2015), drama acerca de una ONG que se planea sacar de la República de Chad a 300 niños que han quedado huérfanos debido a la guerra civil en su país, para entregarlos luego a parejas francesas que desean adoptar. Lo que luce bien desde la lejanía, ofrece in situ una complejidad inesperada para los miembros de la organización humanitaria.
La familia, ese tema universal en el que cine no deja de husmear, también encuentra ecos en varias películas del Festival de Cine Francés: en la comedia negra 21 noches con Pattie (Arnaud y Jean-Marie Larrieu, 2015), sobre una desinhibida mujer que viaja al funeral de su madre en Los Pirineos, donde el cadáver desaparece; Bodybuilder (Roschdy Zem, 2014), en la que un problemático joven de 20 años se reencuentra con su padre físicoculturista, y en Tempestad (Samuel Collardey, 2015), cuyo protagonista, un pescador de alta mar, se enfrenta a la encrucijada de decidir entre su oficio y la estabilidad emocional de sus dos hijos adolescentes.
El hastío, la rutina o el hecho de no conseguir alicientes para emprender cada día, vuelve a expresarse como preocupación del cine contemporáneo francés en los filmes Como un avión (Bruno Podalydès, 2015), en el que un cincuentón decide salir de su aburrimiento haciendo un largo viaje en kayak; Nunca en la vida (Pierre Jolivet, 2015), sobre un vigilante nocturno que descubre en un hecho irregular la oportunidad de despertar de su letargo existencial, y Nuestros futuros (Rémi Bezançon, 2015), acerca de dos amigos de la infancia que se reencuentran en la vejez para hacer un viaje a la nostalgia, a los años felices.
Finalmente, y no podía ser de otra forma, está el amor, que dentro de las películas del festival es mostrado como un sentimiento que no conoce de límites morales (el triángulo amoroso que se plantea en la cinta dirigida en 2015 por Philippe Garrel, La sombra de las mujeres); que se impone ante imposibles (Los dos amigos, de Louis Garrel); que no conoce de diferencias sociales y culturales (No es mi tipo, dirigida en 2014 por Lucas Belvaux), y que también puede expresarse como una sociopatía (caso planteado por la cineasta Mélanie Laurent en su filme de 2014, Respira).
Comencé citando a Godard y termino haciéndolo con un gran representante de las generaciones recientes del cine francés, François Ozon: “De mi trabajo siempre me emociona tener el deseo de experimentar en otros terrenos, y siento la necesidad de tomar riesgos. Y es que si no hay riesgo, no hay deseo. El riesgo es lo que estimula a tratar de hacer cosas nuevas”. Hacer el Festival de Cine Francés en un país convulsionado como Venezuela es también un riesgo que se agradece.
Fuente: El Universal