Se mueven como hormiguitas para devolverles la sonrisa a los más necesitados
De lunes a domingo a partir de las 11:00 am, comienza una especie de peregrinaje hacia el Instituto Corazón de Jesús, en la vía a Quebrada de la Virgen.
Entre 350 y 370 personas, en su mayoría adultos mayores en andaderas, muletas y sillas de rueda; así como mujeres, niños e indigentes, suben por dos empinadas rampas, con perolitos, tazas, potes de arroz chino y demás utensilios para retirar la comida que preparan 40 monjitas de las Hermanas Agustinas Recoletas.
La señora Clemencia dice tener 52 años, pero su rostro demacrado, golpeado quizás por las necesidades que ha tenido que pasar en su vida, la hacen ver como de 70.
Vive en El Jarillo y todos los días se las ingenia para arribar al sitio donde le garantizan su alimentación.
“Salgo de allá bien temprano y estoy aquí a tiempo para retirar mi sopita”, señala la mujer, quien tiene dos hijos mayores de 30 años, de los cuales no quiso hablar.
Luis Alfredo Martínez, de 63 años, fue arrollado por un vehículo cuando intentaba comprar gas en Los Cerritos. Sufrió graves lesiones en ambas piernas, pero eso no es impedimento para que diariamente salga de su casa, en Ramo Verde, y llegue en muletas a buscar lo que le tienen guardado, su comida.
Támara reside en Barrio La Cruz, tiene cuatro hijos, uno de ellos con necesidades especiales. Hasta hace poco estuvo trabajando en una cuadrilla de limpieza de la Gobernación, pero a las seis semanas le dijeron que se le había terminado el contrato y quedó desempleada.
Asegura que ella y su familia pasan todo el día con la “papa” que les dan las religiosas. No desayunan y en la noche tratan de engañar al estómago con el pan que de vez en cuando lleva al hogar su esposo que mata tigritos con varios oficios. Una canilla la comparten entre seis personas.
Ninoska, habitante de Santa Rosa, hace dos meses se quedó sin trabajo, fue hasta allá y la ingresaron a la cocina. Está contenta porque tanto ella como sus cuatro hijos, de 11, 9, 5 y 4 años, tienen segura la alimentación.
Le dan la oportunidad de llevarse una tasa grande y con eso resuelve la cena. El desayuno de los niños se lo dan en el colegio, pero ella debe aguantarse hasta el mediodía.
Una historia es más desgarradora que la otra, pero lo cierto del caso es que por dos horas estos seres humanos se olvidan de sus problemas gracias a la bondad de unas carismáticas mujeres.
Ejemplo de organización
La madre superiora, Marelis Parada, quien está al frente de esta labor social, cuenta que desde hace mucho tiempo venían tendiéndoles la mano a los más pobres.
Por lo general, atendian un promedio de 30, pero desde enero de este año la lista creció de manera desmerusada, hasta el punto que tuvieron que armar un gran operativo para evitar despelotes.
Y vaya que lo lograron. Allí todo está organizado, nadie se colea, nadie empuja y nadie grita. Pese a las desgracias que vive cada uno de los beneficiados, todo transcurre de manera civilizada.
Tienen un número fijo y esperan pacientemente su turno. Se concentran en la entrada del edificio y varias novicias con una amabilidad digna de admiración los chequean y luego los invitan a rezar.
En el costado derecho hay una pizarra donde están anotados. Una vez que reciben las sopas, son tachados para que no repitan y no dejen por fuera a un compañero.
Del otro lado de una reja, logran verse las tres gigantescas ollas de sopa de pollo, con granos y bastante verdura. Son muy espesas, huelen bien, lo que hace que sean devoradas con el mayor de los gustos. “No solo les damos algo que los llene, sino que los nutra, que los alimente”, destaca la superiora.
Agrega que a las 5:00 am arranca la faena. Ellas mismas buscan y cortan la leña con la que arman una estufa de grandes proporciones porque las cocinas que tienen son pequeñas y no se dan abasto para las “ollotas” que se vacían en menos de una hora.
Se reparten las obligaciones; un grupo se concentra en el menú, otro en la repartición y otro se encarga al final de limpiar.
Empresarios ayudan
Pese a no contar con ayuda gubernamental, se mueven como hormiguitas para mantener viva la iniciativa con el apoyo del sector privado.
“La gente viene para acá, ve lo que hacemos y luego se entusiasma a aportar su granito de arena”.
Hasta ahora un minúsculo grupo de empresarios de Los Teques y Caracas ayuda con los alimentos del mes. “Nos dan caraotas, arroz, pollos, panes. Queremos que otros comerciantes se incorporen. Los que estén interesados pueden trasladarse hasta acá, me gusta que primero vean para que se den cuenta como trabajamos”.
Cuando le preguntamos qué las motiva a mantener en pie un trabajo que en tiempos de crisis es difícil sostener, de inmediato responde: “La confianza en la divina providencia, no somos nosostras, es Dios que tiene infinita misericordia”.
“Dios no quiere ver esto, él promueve corazones para que nos ayuden a nosotras. A veces no tenemos nada, me dicen ‘madre hasta hoy hay comida’ y de repente alguien llega con algo”.
Confiesa que en muchas ocasiones apelan al “fíao”, les dejan la mercancía y tienen un tiempo para pagar. “Nos sentimos endeudadas, pero siempre resolvemos”. Jamás han pensado en tirar la toalla.
Manos sanadoras
Mientras habla con el equipo de Avance, la madre Marelis tiene entre sus brazos a Antonella, una pequeña de dos años, a quien consiente y amapucha como si fuese su hija.
Hace ocho meses le llevaron a la niña con un avanzado cuadro de desnutrición, y sin pensarlo dos veces, la puso en manos de especialistas. Ellas han costeado el tratamiento, las medicinas. Hoy día la chamita luce sana.
El padre de Antonella es Antonio José Capote, de 30 años. Hasta hace poco vivía donde lo agarrara la noche, pero finalmente lograron ubicarlo en un ranchito en Retamal.
“Estoy agradecido con las hermanitas porque me dieron trabajo, las ayudo en las labores de mantenimiento, y sobre todo por el cariño y el amor que le brindan a mi hija”.
La religiosa cuenta que tambien les dan tetero a 150 niños. Aunque “paren” para conseguir leche y crema de arroz, siempre hay un alma caritativa que se apiada.
“Aquí vemos de todo, fíjese que hace poco llegó una muchacha con su niño llorando, cuando lo revisamos, nos dimos cuenta de que tenía un pañal con tela de coleto más una bolsa de plástico, obviamente tenía sus partes irritadas”.
Llueven los casos de sarna en la población infantil, pero todos ellos pasan por las manos sanadoras de las monjitas y pronto se recuperan.RP/ac/Foto: Juan Carlos Blanco