Una docente de La Guaira cuenta su experiencia tras los terremotos
Sentada en una silla de plástico blanca y rodeada de una nevera, una cocina, entre otros artefactos al aire libre, está Lisbeth Gutiérrez, una docente con 24 años de servicio, que tuvo que desalojar su apartamento en un urbanismo de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), ubicado en la parroquia Carlos Soublette, en La Guaira, que quedó destruido tras el doble terremoto del 24 de junio.
Ella, al igual que sus vecinos, permanece en una cancha, a escasos metros de la playa. “Desde las 6:10 pm de aquel 24 estamos aquí. El primer día no teníamos nada, nada, nada, pero después han ido llegando personas foráneas que nos entregan donativos”.
Dijo que hasta el domingo 28, cuatro días después de la catástrofe, no había llegado nadie del Gobierno. El lunes 30 se presentaron representantes de la Alcaldía de Vargas “y nos comunicaron que nos iban a llevar a un refugio, pero sabemos que si nos llevan a un sitio como ese no vamos a tener respuesta inmediata. Nos van dejar hacinados y ahí nos vamos a quedar”, señala a Avance la educadora.
“Por mi parte yo no me voy a mover de aquí y así están los vecinos de la torre K, que es una de las más afectadas”, sentencia.
El espacio deportivo donde permanecen día y noche en carpas se encuentra en frente del urbanismo. Los afectados cruzan la carretera van y vienen y sacan los corotos que se quedaron en sus residencias y que no sufrieron daños.

La naturaleza los sigue castigando
La madrugada del martes 30 cayó un fuerte aguacero, que se prolongó por tres horas (de 2:00 am a 5:00 am) y las carpas no les sirvieron para protegerse de la lluvia. Unos pudieron meterse debajo de las graderías de la cancha y otros no tuvieron más remedio que mojarse porque no tenían donde acampar.
Los funcionarios gubernamentales que los visitaron prometieron llevarles carpas y toldos, “pero vamos a ver si cumplen. Todo lo que ha llegado ha sido ayuda humanitaria, motorizados, personas de fundaciones”.
Cuenta que ella tenía su casa, la tumbaron y le asignaron un inmueble en ese complejo habitacional. Eso fue hace 14 años. “Se perdieron ese pocotón de años de sacrificio. Yo perdí todo, quedé sin ropa, usted no me está preguntando pero la ropa que tengo puesta es de la que han donado”.
La profesora de 48 años vivía con sus dos hijos, sus respectivas parejas y los nietos. “Ellos están todo el día aquí pero en la noche se van a casa de un familiar porque los niños no pueden estar acá”.
Mostró su molestia porque a estas alturas nadie del Ministerio de Educación, al cual pertenece, ha llegado el lugar para hacer un censo de los docentes afectados para canalizar las ayudas.